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MES ACTUAL: MARZO Y ABRIL

 

LA CONVERSIÓN

A. Introducción

Los dos hijos de la parábola llamada “El hijo pródigo” nos muestran lo esencial de la conversión: Depende de Dios, porque Él es el protagonista que toma la iniciativa.

Por eso, tanto el salmista como el profeta Jeremías, exclaman:

Conviérteme, Señor, y me convertiré: Sal 80, 4; Jer 31, 18.

Con este presupuesto no podemos identificar la conversión con la actitud del hijo mayor que obedece y cumple todos los mandamientos, aunque tampoco cuando el hijo hambriento regresa motivado por el abundante pan de la casa paterna.

Esta parábola no está destinada a las prostitutas o pecadores sino a “los fariseos y los escribas que murmuraban, diciendo: Éste acoge a los pecadores y come con ellos” (Lc 15, 2).

Jesús se interesa en los observantes de la Ley, que se creen no sólo buenos, sino mejores que los demás y hasta con el derecho de juzgarlos y condenarlos.

B. CONTENIDO

El Evangelio nos pinta la figura de un padre cuyos hijos se alejaron de su casa. Uno fue a “un país lejano” mientras que el otro todos los días se iba a la viña. Ambos precisaban conversión.

Para adentrarnos en el fascinante mundo de la conversión, primero hemos de considerar lo que no es la conversión para después internarnos en las fronteras de este fascinante misterio.

a. El hijo mayor se acerca a la casa del padre pero no se acerca al padre de la casa

Parece que estaba convertido, pues cumplía su santo deber y obedecía las órdenes de su padre. Pero el texto evangélico nos refiere que aquella tarde de música y danzas “se acercó a la casa” mientras que el hijo menor decidió “volver a su padre”. Existe una tremenda diferencia entre sendas actitudes que nos ayuda a no confundir la esencia de la conversión. No es lo mismo “acercarse a la casa” que “volver a su padre”. También los siervos y esclavos cumplen órdenes y acatan la voluntad de un amo o patrón.

Se acerca a la casa del padre pero no al padre de la casa. Además, al día siguiente se volverá a ir. Para él no existe un padre, pues nunca lo llama con este epíteto. A pesar de trabajar tanto, no se siente con el derecho de comerse un cabrito con sus amigos. Definitivamente, este hijo era quien necesitaba de la conversión más difícil de todas, que no es pasar de pecador a justo, sino de justo a hijo. Por eso, Jesús destina esta bellísima parábola a la gente buena que por transformar la Ley de Dios en un legalismo se enoja y hasta se decepciona de la actitud de Dios. El Maestro está preocupado por todos aquellos que cumplen la Ley, pero que no son felices.

b. El hijo menor se interesa en el pan de su padre, pero todavía no en el padre del pan

Su precaria situación al lado de los puercos lo hizo recordar la generosa mesa de la casa paterna donde sobraba el alimento para todos los siervos, en vez de las petrificadas algarrobas que le negaban. Dentro de sí, comenzó a saborear el pan recién salido del horno de leña que expedía el perfume del trigo limpio.

Regresar por la conveniencia personal, no es todavía conversión, porque está profundamente condicionado por las extremas necesidades del hambre.

c. Aplicación a nuestra vida


Hay gente que cumple mandamientos y órdenes, pero vive enojada y privada de la alegría, porque todavía no ha encontrado el tesoro escondido. Su vida cristiana sólo gira en torno a cumplir leyes y tradiciones.

Otros vuelven a Dios por intereses o carencias. Su Dios se reduce a alguien que les resuelve las necesidades. Ellos están en el centro de su sistema religioso, y Dios gira en su órbita.

d. Lo esencial no son los intereses por los que regresan, sino cómo son recibidos

Ambos hijos regresan, pero lo que importa no son las motivaciones de su retorno, sino cómo cada uno es recibido como más le convenía.

Al hijo menor no lo convirtieron los frescos panes, sino los abrazos y besos, la túnica, el vestido y el significado de ese anillo que lo hacía otra vez administrador y heredero. Él había perdido la capacidad de volver. Él realizó lo único que podía hacer: regresar hambriento. Lo demás fue obra de Dios. Más bien, fue convertido cuando el padre mandó matar el becerro cebado para darle a entender que tenía la certeza de que tornaría.

Lo que lo convierte es la forma como fue recibido. Tal vez él esperaba reclamos y que se le cobraran las facturas pendientes. Dentro de sí sabía y sentía que no merecía sino ser uno más de los muchos siervos que había en la casa y en la viña de su padre. Tampoco se le manda a bañar porque huele a asqueroso cerdo impuro, sino que los besos paternos lo limpian y purifican. Fue allí donde conoció el verdadero corazón de su padre.

Dios no se condiciona por los intereses que tengamos cuando nos volvemos a Él. El motivo no importa, sino lo que Él puede hacer cuando regresamos. La esencia de la conversión es experimentar el amor de Dios; y aun más, que nuestra rebeldía y pecado no han impedido que nos siga amando. De esta forma, nuestro complejo de culpa o hasta la sutil soberbia de perfeccionismo se transforman en: “le he fallado a Alguien que me ama”, más que “he transgredido las leyes y me van a castigar”.

El padre corre con pasos torpes pero sin pausas a su encuentro y se echa a su cuello. No es el hijo quien se arroja en los brazos protectores de su padre, sino el padre quien se echa al cuello para ser cargado por su propio hijo. El hijo sostiene al padre. Este gesto resume todo lo que ha vivido y ahora tiene la oportunidad de expresar: “Hijo, me ha faltado tu sostén y ahora quiero reponer el tiempo perdido. Carga mi dolor por tu ausencia y mi alegría por tu presencia. Carga tu fuga y tu retorno, pues yo soy incapaz de sostener tanto peso. Tantas emociones son un volcán que está a punto de explotar. Cárgame a mí.

e. Cambio de óptica

Estamos llegando a la esencia de la conversión: El hijo furtivo no se enfoca en sus faltas ni en los castigos que merece por sus múltiples pecados, sino que ahora se centra en alguien que lo ama de esa forma. En los brazos de su padre no se atormenta con complejos de culpa, sino por el tiempo que privó a su padre de ese apoyo.

Lo esencial no son los errores, sino la persona a la que su ausencia y lejanía le hicieron sufrir.

Por otra parte, el hijo mayor no es llamado a obedecer y cumplir órdenes, porque esto ya lo hacía desde antes. Regresa, pero su enojo y frustración tampoco son impedimento para que su padre lo reciba y acoja. El padre abandona la fiesta para venir a buscarlo.

Ante sus reclamos, aparentemente justos, el padre le dice dos cosas:

* Hijito (“teknon”, en griego): No sólo lo llama hijo (“viós” en griego), sino que muestra una ternura especial, porque este hijo está necesitado de sentirse amado como un pequeño. ¿Este dardo de amor cariñoso será capaz de traspasar la coraza del legalismo?

* Todo lo mío es tuyo: Compartimos todas las cosas. Tu dolor es mío, pero también mis alegrías te pertenecen. Por lo tanto, también mi hijo que estaba muerto, es tuyo. O sea, la reconciliación con el padre alcanza necesariamente la reconciliación con el hermano.

Este hijo es recibido de forma diferente porque su situación es distinta. Es su padre quien toca las puertas de su corazón llamándolo a la conversión: “Lo esencial, hijito, no es que cumplas mis mandatos y órdenes, sino que seas feliz. Mi dicha no radica en que me consideres un legislador, sino un papá amoroso cuya alegría es tu felicidad”.

El padre lo llama a la conversión. Primero, de siervo obediente a hijo feliz.

¿Por qué el padre no dio un cabrito a su hijo que era tan fiel al trabajo y no transgredía mandato alguno? De haberlo hecho así, el hijo hubiera supuesto que los dones paternos dependían de sus méritos personales y entonces acentuaría aún más esa actitud legalista para atraer la atención de su padre y ganar más presentes.

f. La plena conversión: Entrar a la fiesta


El hijo mayor no quería entrar a la fiesta, porque no consentía que el amor de su padre fuera tan grande y su perdón tan incondicional. No estaba de acuerdo en no cobrar al hijo lo que despilfarró con prostitutas y gentes de mal vivir. Había que darle un escarmiento para que aprendiera la lección. El que si hace eso, su hijo, sí, cambiaría, pero más motivado por miedo al castigo y no porque se sienta amado de esa forma.

El hijo mayor nos demuestra que la conversión no se reduce a cumplir las órdenes y mandamientos, ni siquiera a acercarse a la casa del padre, sino en vestirse de gala para entrar a la fiesta y compartir la alegría del padre.

El hijo menor nos revela que no basta llorar los pecados cometidos, sino festejar el haber sido ya perdonado, porque allí radica la fuerza para nunca más volver a dejar la casa paterna. Quien ha experimentado esto, cumple aquella atrevida palabra de San Juan: “No puede pecar” (1Jn 3, 9) porque está tan invadido y poseído por el amor de su padre que no tendrá jamás la tentación de privarse de su presencia. La verdadera conversión sólo se da cuando nos dejamos amar por Dios.

g. El brillo de la conversión: Capacidad de soñar

El hijo mayor cayó en la rutina y la costumbre. Al amanecer se iba a trabajar y cumplir todas las tareas propuestas. Al atardecer, puntualmente, regresaba a la casa paterna, para seguir el mismo rito todos los días; incluso, sin darse permiso para hacer una fiesta con sus amigos. El deber era el deber, la ley era la ley y nada justificaba transgredirla. Perdió la ilusión.

Una característica de quien no se siente amado es que no sueña. Su camino se encarcela en rígidos esquemas y monótonas costumbres. No disfruta la poesía de la vida y vive en la prosa de la existencia.

Por eso, el hijo mayor se refugiaba en el activismo y sólo pensaba en trabajar. Su mente estaba en las siembras y en las cosechas, los plantíos y las plagas, la lluvia y las estaciones del año.

En cambio, el hijo menor soñaba en panes, ciertamente, pero soñaba; porque hay gente que ya no sueña ni siquiera en el alimento y se desgasta en una anorexia crónica. Recupera la ilusión de verse sentado a la mesa paterna, comiendo el pan que hay en abundancia. Soñó con la libertad, y aunque sus sueños se convirtieron en pesadillas junto a los puercos, no dejó de soñar.

La conversión tiene un brillo que le da plusvalía y la hace auténtica:: La alegría y los sueños.

C. CONCLUSIÓN

Cumplir las órdenes de Dios no es condición para convertirnos, sino consecuencia de haber sido convertidos. Obedecer las leyes no es malo, claro que no, pero podría ser motivo para enojarnos y no entrar en la fiesta.

Lo esencial no es el interés de nuestra venida a la casa paterna, sino los “besos sinceros (“katafileo”, en griego)” que purifican todas nuestras motivaciones impuras. Los abrazos, el vestido y el anillo superan nuestras mezquinas ambiciones, pues Dios nos da más de lo que nos motivó a regresar.

Así, no importa por lo que volvemos, sino lo que Dios hace cuando regresamos.

Sin embargo, la plena conversión sólo se da en una fiesta. No basta regresar ni tampoco trabajar en la viña. El signo de haber encontrado el tesoro escondido es la alegría que produce tal hallazgo. Por esa razón no sería ociosa la siguiente pregunta: ¿Cuántos católicos brillan con la alegría de haber encontrado el tesoro?

Dios toma la iniciativa, pero respeta nuestra libre decisión de dejarnos amar o no. Él es el protagonista que engorda el becerro, prepara la música y nos da el anillo de hijos herederos, pero cada uno decide si entra a la fiesta o escucha la música desde lejos.

El que no entra a la fiesta vive enojado, resentido y culpa a los demás de no ser feliz.

Así, el grito que debe brotar desde lo profundo, es: “Conviérteme, Señor, y me convertiré”, lo cual implica de nuestra parte dejarnos amar por Dios.
 


Texto de José H. Prado Flores

 

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