LA CONVERSIÓN
A. Introducción
Los dos hijos de la parábola llamada “El hijo pródigo” nos
muestran lo esencial de la conversión: Depende de Dios, porque
Él es el protagonista que toma la iniciativa.
Por eso, tanto el salmista como el profeta Jeremías, exclaman:
Conviérteme, Señor, y me convertiré:
Sal 80, 4; Jer 31, 18.
Con este presupuesto no podemos identificar la conversión con la
actitud del hijo mayor que obedece y cumple todos los
mandamientos, aunque tampoco cuando el hijo hambriento regresa
motivado por el abundante pan de la casa paterna.
Esta parábola no está destinada a las prostitutas o pecadores
sino a “los fariseos y los escribas
que murmuraban, diciendo: Éste acoge a los pecadores y come con
ellos” (Lc 15, 2).
Jesús se interesa en los observantes de la Ley, que se creen no
sólo buenos, sino mejores que los demás y hasta con el derecho
de juzgarlos y condenarlos.
B. CONTENIDO
El Evangelio nos pinta la figura de un padre cuyos hijos se
alejaron de su casa. Uno fue a “un país lejano” mientras que el
otro todos los días se iba a la viña. Ambos precisaban
conversión.
Para adentrarnos en el fascinante mundo de la conversión,
primero hemos de considerar lo que no es la conversión para
después internarnos en las fronteras de este fascinante
misterio.
a. El hijo mayor se acerca a la casa del padre pero no se
acerca al padre de la casa
Parece que estaba convertido, pues cumplía su santo deber y
obedecía las órdenes de su padre. Pero el texto evangélico nos
refiere que aquella tarde de música y danzas “se acercó a la
casa” mientras que el hijo menor decidió “volver a su padre”.
Existe una tremenda diferencia entre sendas actitudes que nos
ayuda a no confundir la esencia de la conversión. No es lo mismo
“acercarse a la casa” que “volver a su padre”. También los
siervos y esclavos cumplen órdenes y acatan la voluntad de un
amo o patrón.
Se acerca a la casa del padre pero no al padre de la casa.
Además, al día siguiente se volverá a ir. Para él no existe un
padre, pues nunca lo llama con este epíteto. A pesar de trabajar
tanto, no se siente con el derecho de comerse un cabrito con sus
amigos. Definitivamente, este hijo era quien necesitaba de la
conversión más difícil de todas, que no es pasar de pecador a
justo, sino de justo a hijo. Por eso, Jesús destina esta
bellísima parábola a la gente buena que por transformar la Ley
de Dios en un legalismo se enoja y hasta se decepciona de la
actitud de Dios. El Maestro está preocupado por todos aquellos
que cumplen la Ley, pero que no son felices.
b. El hijo menor se interesa en el pan de su padre, pero
todavía no en el padre del pan
Su precaria situación al lado de los puercos lo hizo recordar la
generosa mesa de la casa paterna donde sobraba el alimento para
todos los siervos, en vez de las petrificadas algarrobas que le
negaban. Dentro de sí, comenzó a saborear el pan recién salido
del horno de leña que expedía el perfume del trigo limpio.
Regresar por la conveniencia personal, no es todavía conversión,
porque está profundamente condicionado por las extremas
necesidades del hambre.
c. Aplicación a nuestra vida
Hay gente que cumple mandamientos y órdenes, pero vive enojada y
privada de la alegría, porque todavía no ha encontrado el tesoro
escondido. Su vida cristiana sólo gira en torno a cumplir leyes
y tradiciones.
Otros vuelven a Dios por intereses o carencias. Su Dios se
reduce a alguien que les resuelve las necesidades. Ellos están
en el centro de su sistema religioso, y Dios gira en su órbita.
d. Lo esencial no son los intereses por los que regresan,
sino cómo son recibidos
Ambos hijos regresan, pero lo que importa no son las
motivaciones de su retorno, sino cómo cada uno es recibido como
más le convenía.
Al hijo menor no lo convirtieron los frescos panes, sino los
abrazos y besos, la túnica, el vestido y el significado de ese
anillo que lo hacía otra vez administrador y heredero. Él había
perdido la capacidad de volver. Él realizó lo único que podía
hacer: regresar hambriento. Lo demás fue obra de Dios. Más bien,
fue convertido cuando el padre mandó matar el becerro cebado
para darle a entender que tenía la certeza de que tornaría.
Lo que lo convierte es la forma como fue recibido. Tal vez él
esperaba reclamos y que se le cobraran las facturas pendientes.
Dentro de sí sabía y sentía que no merecía sino ser uno más de
los muchos siervos que había en la casa y en la viña de su
padre. Tampoco se le manda a bañar porque huele a asqueroso
cerdo impuro, sino que los besos paternos lo limpian y
purifican. Fue allí donde conoció el verdadero corazón de su
padre.
Dios no se condiciona por los intereses que tengamos cuando nos
volvemos a Él. El motivo no importa, sino lo que Él puede hacer
cuando regresamos. La esencia de la conversión es experimentar
el amor de Dios; y aun más, que nuestra rebeldía y pecado no han
impedido que nos siga amando. De esta forma, nuestro complejo de
culpa o hasta la sutil soberbia de perfeccionismo se transforman
en: “le he fallado a Alguien que me ama”, más que “he
transgredido las leyes y me van a castigar”.
El padre corre con pasos torpes pero sin pausas a su encuentro y
se echa a su cuello. No es el hijo quien se arroja en los brazos
protectores de su padre, sino el padre quien se echa al cuello
para ser cargado por su propio hijo. El hijo sostiene al padre.
Este gesto resume todo lo que ha vivido y ahora tiene la
oportunidad de expresar: “Hijo, me ha faltado tu sostén y ahora
quiero reponer el tiempo perdido. Carga mi dolor por tu ausencia
y mi alegría por tu presencia. Carga tu fuga y tu retorno, pues
yo soy incapaz de sostener tanto peso. Tantas emociones son un
volcán que está a punto de explotar. Cárgame a mí.
e. Cambio de óptica
Estamos llegando a la esencia de la conversión: El hijo furtivo
no se enfoca en sus faltas ni en los castigos que merece por sus
múltiples pecados, sino que ahora se centra en alguien que lo
ama de esa forma. En los brazos de su padre no se atormenta con
complejos de culpa, sino por el tiempo que privó a su padre de
ese apoyo.
Lo esencial no son los errores, sino la persona a la que su
ausencia y lejanía le hicieron sufrir.
Por otra parte, el hijo mayor no es llamado a obedecer y cumplir
órdenes, porque esto ya lo hacía desde antes. Regresa, pero su
enojo y frustración tampoco son impedimento para que su padre lo
reciba y acoja. El padre abandona la fiesta para venir a
buscarlo.
Ante sus reclamos, aparentemente justos, el padre le dice dos
cosas:
* Hijito (“teknon”, en griego): No sólo lo llama hijo (“viós” en
griego), sino que muestra una ternura especial, porque este hijo
está necesitado de sentirse amado como un pequeño. ¿Este dardo
de amor cariñoso será capaz de traspasar la coraza del
legalismo?
* Todo lo mío es tuyo: Compartimos todas las cosas. Tu dolor es
mío, pero también mis alegrías te pertenecen. Por lo tanto,
también mi hijo que estaba muerto, es tuyo. O sea, la
reconciliación con el padre alcanza necesariamente la
reconciliación con el hermano.
Este hijo es recibido de forma diferente porque su situación es
distinta. Es su padre quien toca las puertas de su corazón
llamándolo a la conversión: “Lo esencial, hijito, no es que
cumplas mis mandatos y órdenes, sino que seas feliz. Mi dicha no
radica en que me consideres un legislador, sino un papá amoroso
cuya alegría es tu felicidad”.
El padre lo llama a la conversión. Primero, de siervo obediente
a hijo feliz.
¿Por qué el padre no dio un cabrito a su hijo que era tan fiel
al trabajo y no transgredía mandato alguno? De haberlo hecho
así, el hijo hubiera supuesto que los dones paternos dependían
de sus méritos personales y entonces acentuaría aún más esa
actitud legalista para atraer la atención de su padre y ganar
más presentes.
f. La plena conversión: Entrar a la fiesta
El hijo mayor no quería entrar a la fiesta, porque no consentía
que el amor de su padre fuera tan grande y su perdón tan
incondicional. No estaba de acuerdo en no cobrar al hijo lo que
despilfarró con prostitutas y gentes de mal vivir. Había que
darle un escarmiento para que aprendiera la lección. El que si
hace eso, su hijo, sí, cambiaría, pero más motivado por miedo al
castigo y no porque se sienta amado de esa forma.
El hijo mayor nos demuestra que la conversión no se reduce a
cumplir las órdenes y mandamientos, ni siquiera a acercarse a la
casa del padre, sino en vestirse de gala para entrar a la fiesta
y compartir la alegría del padre.
El hijo menor nos revela que no basta llorar los pecados
cometidos, sino festejar el haber sido ya perdonado, porque allí
radica la fuerza para nunca más volver a dejar la casa paterna.
Quien ha experimentado esto, cumple aquella atrevida palabra de
San Juan: “No puede pecar” (1Jn 3,
9) porque está tan invadido y poseído por el amor
de su padre que no tendrá jamás la tentación de privarse de su
presencia. La verdadera conversión sólo se da cuando nos dejamos
amar por Dios.
g. El brillo de la conversión: Capacidad de soñar
El hijo mayor cayó en la rutina y la costumbre. Al amanecer se
iba a trabajar y cumplir todas las tareas propuestas. Al
atardecer, puntualmente, regresaba a la casa paterna, para
seguir el mismo rito todos los días; incluso, sin darse permiso
para hacer una fiesta con sus amigos. El deber era el deber, la
ley era la ley y nada justificaba transgredirla. Perdió la
ilusión.
Una característica de quien no se siente amado es que no sueña.
Su camino se encarcela en rígidos esquemas y monótonas
costumbres. No disfruta la poesía de la vida y vive en la prosa
de la existencia.
Por eso, el hijo mayor se refugiaba en el activismo y sólo
pensaba en trabajar. Su mente estaba en las siembras y en las
cosechas, los plantíos y las plagas, la lluvia y las estaciones
del año.
En cambio, el hijo menor soñaba en panes, ciertamente, pero
soñaba; porque hay gente que ya no sueña ni siquiera en el
alimento y se desgasta en una anorexia crónica. Recupera la
ilusión de verse sentado a la mesa paterna, comiendo el pan que
hay en abundancia. Soñó con la libertad, y aunque sus sueños se
convirtieron en pesadillas junto a los puercos, no dejó de
soñar.
La conversión tiene un brillo que le da plusvalía y la hace
auténtica:: La alegría y los sueños.
C. CONCLUSIÓN
Cumplir las órdenes de Dios no es condición para convertirnos,
sino consecuencia de haber sido convertidos. Obedecer las leyes
no es malo, claro que no, pero podría ser motivo para enojarnos
y no entrar en la fiesta.
Lo esencial no es el interés de nuestra venida a la casa
paterna, sino los “besos sinceros (“katafileo”, en griego)” que
purifican todas nuestras motivaciones impuras. Los abrazos, el
vestido y el anillo superan nuestras mezquinas ambiciones, pues
Dios nos da más de lo que nos motivó a regresar.
Así, no importa por lo que volvemos, sino lo que Dios hace
cuando regresamos.
Sin embargo, la plena conversión sólo se da en una fiesta. No
basta regresar ni tampoco trabajar en la viña. El signo de haber
encontrado el tesoro escondido es la alegría que produce tal
hallazgo. Por esa razón no sería ociosa la siguiente pregunta:
¿Cuántos católicos brillan con la alegría de haber encontrado el
tesoro?
Dios toma la iniciativa, pero respeta nuestra libre decisión de
dejarnos amar o no. Él es el protagonista que engorda el
becerro, prepara la música y nos da el anillo de hijos
herederos, pero cada uno decide si entra a la fiesta o escucha
la música desde lejos.
El que no entra a la fiesta vive enojado, resentido y culpa a
los demás de no ser feliz.
Así, el grito que debe brotar desde lo profundo, es:
“Conviérteme, Señor, y me convertiré”, lo cual implica de
nuestra parte dejarnos amar por Dios.
Texto de José H. Prado Flores